top of page

La soledad en la era de los mensajes infinitos

  • Foto del escritor: Carmen Bes
    Carmen Bes
  • hace 3 días
  • 2 Min. de lectura

Hace unos meses iba como cada día de camino a la consulta, absorta en mis pensamientos. Crucé el puente de Piedra y al llegar a la Plaza de la Seo, me encontré las típicas casetas que se colocan cuando hay un mercadillo o algo de ese estilo, sin embargo, ese día había mesas y sillas ocupadas por personas que tomaban café. Me sorprendí y me paré a leer que era aquello: Semana contra la soledad no deseada. ¡BOOM! Me dio un vuelco el corazón.


Si ya llevo tiempo sintiendo que la humanidad ya no puede llamarse así, esa imagen hizo que tuviese que hacer un esfuerzo por contener las lágrimas, no solo por empatía sino también por miedo.


Nunca habíamos tenido tantas formas de comunicarnos y, sin embargo, cada vez más personas se sienten solas. La cotidianidad, el día a día en el que nos acompañamos, se ha vuelto una utopía que es justificada por la falta de tiempo o por la cantidad de cosas que tenemos que hacer.


…y en ese “no tengo tiempo” hemos ido dejando de mirarnos a los ojos.



Nos escribimos mucho, pero nos contamos poco. Sabemos cuándo alguien ha cambiado de trabajo o se ha ido de viaje, pero no sabemos cómo está de verdad. Y lo más inquietante no es eso, sino que hemos empezado a normalizarlo.


Recuerdo que mientras leía aquel cartel pensé: ¿en qué momento hemos llegado a necesitar una semana dedicada a recordarnos que no queremos sentirnos solos?Porque la soledad no deseada no siempre es evidente. No es solo la persona mayor que vive sola o alguien que no tiene a nadie cerca. En consulta veo cada vez más esta soledad que tiene forma de agenda llena, de conversaciones constantes, de planes cada fin de semana… y aun así, un silencio interno, un vacío, que no se va.


Cuanto más conectados estamos, más nos cuesta mostrarnos.


Quizá porque la conexión digital nos ha dado algo muy cómodo: el control. Podemos pensar lo que vamos a decir, editarlo, borrarlo, responder cuando queramos. Pero la conexión real… esa no se edita. Es más torpe, más imperfecta, a veces incómoda. Pero también es la única que realmente llena.


Nos hemos acostumbrado a vínculos rápidos, ligeros, sin demasiado compromiso emocional. Relaciones que no exigen mucho, pero que tampoco sostienen cuando hace falta. Y claro, en ese equilibrio tan frágil, la soledad encuentra espacio.


Conectar implica riesgo. Implica mostrarse, no caer bien a todo el mundo, no tener siempre la respuesta perfecta. Y eso, en una sociedad que premia la imagen y la inmediatez, cuesta.

La soledad no es solo una experiencia individual, es también un fenómeno colectivo. No se soluciona aprendiendo a estar bien con uno mismo, sino también recuperando espacios donde podamos estar bien con otros.


A lo mejor empieza con algo tan simple como mirar a alguien y preguntar, sin prisa:

“¿Cómo estás…? Te escucho.”


Carmen.

 


 
 
 

Comentarios


bottom of page